16.7.17

C'est la vie


Imagen 1.1 Mis compañeras de corte

La primera vez que tracé un patrón tenía como unos 13 años. Estaba en secundaria, en el taller de corte y confección. Las clases me olían a pura mierda por donde sea que volteara a ver; la maestra era de esas que les gusta caer bien y que salen del aula después de la explicación para regresar minutos antes de acabar la hora, el aula era el cuarto de los tiliches de la escuela entera (entiéndase por esto que teníamos bancas viejas y rotas junto a las máquinas de coser) y, por si no fuera bastante, nos tenían revueltos. Compartíamos la clase con las alumnas de otro grupo, el D; que era más o menos como si hubieran metido maras salvatruchas y cholas del Valle de Chalco en el mismo puñetero salón.

Como me superaba tanta pus y caca junta en realidad no ponía atención a la clase, estaba además en mí etapa de «quiero ser mangaka» y cualquier cosa que no tuviera que ver dibujar monos sobraba como para dedicarle mi tiempo o esfuerzo. 
Compré papel, compré cinta métrica así como alfileres y ¿cómo no? la tela. Para ese primer año hicimos una falta recta, como mi lógica decía «Hay máquinas, es el taller de confección, pues vamos a usarlas para coser» pensé que sería buena idea hacerme una falda de mezclilla. Ese día llegué al aula, tracé el patrón (mal ¿cómo chingados no?) y corté la tela; tomé las piezas y fui a sentarme en una de las máquinas rectas para que me explicaran el proceso de confección. Y hasta ahí llegué porque después de eso todo fue encaminado a valer puritita verga de pollo. 

La maestra me dijo que no me acercara a las máquinas ya que era peligroso y podía coserme un dedo, porque obviamente si nadie te enseña y tu maestra vale tres kilos de chota pues te apendejas y te llevas el dedo. Me llevó a la mesa de corte y me dijo que la falda, así como los siguientes proyectos de la clase se harían enteramente a mano. A PUTA MANO. ¿Ya les dije que había comprado mezclilla?. Pues sí, estuve dos o tres días cosiendo esa falda a mano que era todo un logro ya que no sólo la mezclilla era dura como su puta madre (que es muy dura y puta) sino que además era para mí que ¿por qué no decirlo? era un tonelcito que no se podía ver los pies; imagínense la cantidad de tela.
En esa ocasión terminé con los dedos pinchados, amoratados y callosos del esfuerzo que implicaba  coser mezclilla con una aguja para bordar chaquiras (quesque para ahorrar y porque esa también servía (pendeja, pendeja, pendeja...)).

Los siguientes dos años no fueron mejores, rodeada de pubertas piteras en un salón pitero con clases piteras mientras intentaba prestar atención pitera hicimos tres prendas más: Una sudadera que no terminé así como una pijama de dos piezas que ni siquiera recuerdo haber comprado la tela. Así de culeras las clases, así de culero todo.

Cada día que caminaba del aula de mis clases regulares al taller de corte y confección le rezaba a cada deidad pagana con tal de que el sufrimiento y tanta pendejada junta terminara (esto porque de verdad no se imaginan la cantidad de estupideces que se hacían en el salón). Ya no quería estar con las cholas del D, ya no quería trazar, ni cortar, ni coser chingada madre. Ya no.

Y todo esto, hasta aquí al menos, se empieza a tornar gracioso porque a que no saben quién se acaba de recibir como diseñadora de modas...

Estaría lindo poder hablar con la pequeña Miucha de 13 años para decirle que ya no vomite tanta bilis por culpa del taller y los animales que tenía por compañeras, que patronar y coser en realidad es bonito cuando te enseñan bien (o al menos mejor que en ese lugar) y que ni con 22 perros años va a superar el tercer pezón de la maestra de corte y confección.

Pendeja y masoquista se nace; pero qué bonito se siente.

C'est la vie, amiguitos, c'est la vie.

-Miucha-