22.6.13

They wanna play a game.



En casa tenemos horarios bastante ajetreados y difícilmente coinciden unos con otros. A todos nos toca estar solos en casa al menos una vez por semana. Y por los días de Octubre las quejas a estar solos salen a relucir. Los comentarios van desde escuchar que les hablan, hasta ver cómo se encienden los electrodomésticos por sí solos.

A mí no me había tocado la gran cosa en cuanto a sucesos de ese tipo, y de hecho varias veces me pregunté si no exageraban un poco en casa. Cierto año, cuando tenía unos trece años más o menos, hubo bastante estrés en casa, estrés y problemas que parecían salir a borbotones. En Octubre de ese año operaron a mí abuelo, se la pasó al rededor de una semana y media en el hospital. Razón aún más grande para dejar la casa sola.

Un día fui quién se quedó en casa durante el día, por ahí de las tres de la tarde en adelante. Hacía frío, estaba nublado y, por lo poco que recuerdo, creo que lloviznaba un poco. Se me fue la tarde en jugar y ver películas hasta quedarme dormida. Entre sueños pude escuchar pasos, objetos moviéndose y sentí las sábanas deslizarse solas. Ignoré todo. Mi abuela pudo haber llegado a casa después de comer fuera del hospital, tiene la costumbre de caminar 30 minutos después de cada alimento, y de cubrirme mejor cuando me quedo dormida (aún con mis 18 años lo sigue haciendo).

Al levantarme en la noche, y darme cuenta de la cantidad de ruidos que había escuchado, salí a recibir a mí abuela hasta que recorrí toda la casa y estaba tal cual se había quedado hace horas. Sola.
En la planta baja habían pasado unas cuantas cosas, particularmente en el comedor. Sillas movidas, prácticamente tendidas en el piso, adornos tirados y un silencio perturbador.

Recogí todo tan rápido como pude, tratando de dejar todo como estaba. Fui a la cocina por agua y subí al cuarto con el plan de no salir de él hasta el día siguiente. Me quedé al pie de la escalera en cuanto llegué al segundo piso, con la puerta del primer cuarto a la derecha abierta. Di un sorbo al vaso cuando escuché un susurro que decía mí nombre. Volteé hacia esa habitación y de la repisa se cayeron todos los pequeños autos de colección de mí papá, como si alguien los hubiese arrojado al piso. Uno a uno cayeron, lentamente se movían a la orilla de la repisa y se iban directamente al suelo. Cada uno de los ocho autos se quedaron sobre la alfombra, no volví por ellos.

Me encerré toda la noche y, curioso, dormí perfectamente a pesar de ello. En la mañana mí papá me regañó por dejar tirado el cuarto. Le conté todo y al fin me contó que además de jugar a la ouija en un mausoleo cuando estaba en preparatoria, también jugó con ella en la casa unas semanas después.

Recordé hoy toda esa historia puesto que estábamos limpiando una parte de la casa que es como un pequeño ático. Además de polvo y bichos muertos encontramos la ouija en cuestión. Quizá luego hurgue en todo el repertorio de sucesos que hay en la familia y se los cuente después.

O quizá me anime a alborotar gasparines con la tablita, who knows.

-Miucha-

1 comentario:

Sofia A. dijo...

Como que eso de jugar a la ouija se dio mucho en generaciones pasadas no? Lo digo porque no es la primera vez que escucho a alguien de más de 40 años (no sé cuanto tenga tu papá pero me imagino que por esos años anda)que curioso.
Por cierto me agrado tu post anterior, la foto era tan hermosa que la tome.
Yo también siento desaparecerme todos estos meses :/ espero ahora que tengo tiempo ser aunque sea un poco más constante.
Nos veremos espero que pronto.
;)